Tratamiento natural de la hipertensión arterial

Hipertensión

El tratamiento natural de la hipertensión arterial es posible mediante la modificación del estilo de vida. La prevalencia de la hipertensión arterial se ha considerado, según los estudios clásicos, que es de un 30% de la población general adulta. Si atendemos a los nuevos criterios de la guía de 2017 de la Asociación Americana del Corazón, la prevalencia supera el 40%. Sin embargo, como esta misma guía destaca, la mayoría de las personas con hipertensión ligera solo requerirán tratamiento no farmacológico. En estos casos, la hipertensión arterial se puede curar con remedios naturales, con los cuales es posible controlarla y bajar la tensión alta.

Hay muchos médicos escépticos sobre estos nuevos valores establecidos para diagnosticar la hipertensión arterial. El cuerpo humano no ha podido evolucionar de forma natural hasta llegar a que casi la mitad de la población sea hipertensa. Está claro que en esto contribuyen algunos factores ambientales, conocidos o desconocidos, pero no es lógico pensar que la evolución de la especie haya llevado al cuerpo humano a este desajuste.

La investigación sobre la hipertensión arterial está inundada de tratamientos farmacológicos, pero se ha insistido relativamente poco en la búsqueda de sus causas y de su control natural. A muchas de las personas a las que se les detecta hipertensión, se les indica un medicamento antihipertensivo, sin antes intentar probar con las medidas higiénico-dietéticas, y a veces sin recomendar estas medidas como base del tratamiento, que es lo que se aconseja en las guías sobre hipertensión arterial.

Está demostrado que hay una serie de factores ambientales que influyen en la presión arterial. Se sabe que las poblaciones que consumen más sal en la dieta tienen mayor prevalencia de hipertensión. Otros muchos factores dietéticos han sido implicados, como son el déficit en la ingesta de potasio, calcio, magnesio, proteínas (sobre todo de verduras), fibra y pescado. Así mismo, el consumo de alcohol, el sedentarismo, el sobrepeso y la obesidad se relacionan con la hipertensión arterial. La composición de la microbiota intestinal también se ha relacionado con la hipertensión. Cada uno de estos factores, solos o en combinación, son la causa subyacente de una gran proporción de los casos de hipertensión arterial.

Por todo lo comentado, está claro que la investigación debería centrarse más en la búsqueda de los factores que causan la hipertensión arterial y en el desarrollo de métodos naturales para el control de la misma. Por ahora, es posible regular la presión arterial en muchas personas simplemente modificando su estilo de vida, de manera que se adapten a las recomendaciones dietéticas, mantengan un peso corporal ideal y practiquen ejercicio físico regularmente.

 

Ingesta de sal

El consumo de sodio se asocia con un mayor nivel de presión arterial. Los emigrantes hacia lugares de mayor prevalencia de hipertensión tienen mayor incidencia de la misma que la población de donde provienen. Pero todas las personas no muestran la misma sensibilidad frente al sodio. Ciertos grupos tienden a ser particularmente sensibles a los efectos de la sal en la dieta sobre la presión arterial. La sensibilidad a la sal es especialmente común en los negros, las personas mayores, y los que tienen un mayor nivel de presión arterial o comorbilidades, como enfermedad renal, diabetes mellitus o síndrome metabólico.

Aunque hay personas que no responden significativamente a la restricción en el consumo de sal, es una recomendación generalizada. La reducción en el consumo de sodio prevIene el desarrollo de hipertensión y reduce la presión arterial en los hipertensos, especialmente en los que tienen niveles más altos de hipertensión, en los negros y en las personas mayores. La disminución en el uso de la sal en las comidas permite reducir alrededor del 25% en la ingesta de sodio, lo que supone ingerir un gramo menos al día, y esto se sigue de un ligero descenso de la presión arterial.

 

Ingesta de potasio

La ingesta de potasio se relaciona inversamente con la presión arterial. Las poblaciones que consumen menos potasio tienen mayor prevalencia de hipertensión arterial. Además, el efecto sobre la presión arterial no solo depende directamente del potasio, sino también de la relación sodio/potasio. Cuanto menor es este cociente, es decir a mayor proporción de potasio respecto al sodio, menor es el nivel de presión arterial.

El aumento del consumo de potasio en la dieta es una intervención eficaz en la reducción de la presión arterial, sobre todo en los pacientes adultos que consumen un exceso de sodio y en los negros. La administración de 60-mmol (1.380 mg) de cloruro de potasio permite reducir de forma ligera, pero significativamente, la presión arterial. Además, la disminución de la relación sodio/potasio influye más sobre la reducción de la presión arterial que las intervenciones sobre cada uno de ellos aisladamente.

En la mayoría de los estudios sobre suplementación de potasio para tratar la hipertensión, el potasio se administró en forma de cloruro en pastillas, pero se ha conseguido respuestas similares sobre la presión arterial empleando modificaciones dietéticas. La dieta rica en potasio permite reducir también significativamente la presión arterial. La Organización Mundial de la Salud recomienda una ingesta de potasio de al menos 90 mmol (3.510 mg) por día. Esto se puede conseguir con una dieta rica en frutas y verduras, así como lácteos bajos en grasa, pescado, frutos secos y productos de la soja.

 

Ingesta de calcio

El calcio ingerido con la dieta no solo juega un papel importante en la integridad del esqueleto, sino también en la regulación de la energía y el metabolismo, relacionándose con la masa corporal y la presión arterial. Se ha observado que la dieta pobre en calcio se asocia a mayor índice de masa corporal y mayor presión arterial.

La ingesta de menos de un gramo de calcio al día se asocia a sobrepeso y obesidad, así como con hipertensión arterial. Esta relación parece ser mas fuerte en la mujer, en particular en las mujeres premenopáusicas. El consumo de una dieta pobre en lácteos favorece el desarrollo de obesidad e hipertensión, sobre todo en las mujeres premenopáusicas.

 

Ingesta de magnesio

El consumo de una dieta pobre en magnesio se relaciona con un mayor nivel de presión arterial. En diversos estudios se ha demostrado la relación inversa dosis-respuesta entre el contenido de magnesio en la dieta y el riesgo de hipertensión. Sin embargo, el consumo de magnesio no se relaciona claramente con la concentración de magnesio en la sangre. Es decir, que una dieta rica en magnesio se asocia a una menor presión arterial, pero no modifica significativamente el nivel de magnesio en sangre.

 

Ingesta de azúcar

Diversos estudios han mostrado que el consumo de azúcares refinados se relaciona con un mayor nivel de presión arterial. Las bebidas azucaradas son las que más parece relacionarse con hipertensión. Se ha observado que la ingesta de azúcar aumenta la retención renal de sodio y la sensibilidad a la sal. Por esto, el efecto del azúcar sobre la presión arterial depende de los niveles de sodio, de manera que la ingesta de azúcar no modifica la presión arterial si existe depleción de sodio, mientras que el consumo de sal y azúcar tiene un efecto sinérgico aumentando la presión arterial. El efecto mayor del azúcar sobre la presión arterial se observa en personas diabéticas con más alto nivel de excreción de sodio.

 

Ingesta de grasas

El consumo de una dieta rica en grasas también se ha relacionado con un mayor nivel de presión arterial. Las personas que consumen mayor cantidad de grasas saturadas y trans tienen más hipertensión arterial. En sentido contrario, la dieta rica en grasas poliinsaturadas se asocia con un menor nivel de presión arterial.

 

Ingesta de proteínas

Existe mucha evidencia científica sobre la relación entre la ingesta de proteínas con la dieta y la presión arterial. Se ha observado que una alimentación rica en proteínas, sobre todo las provenientes de las plantas, se asocia a un menor nivel de presión arterial. Las personas que consumen más proteínas, fundamentalmente las de origen vegetal, tienen menor presión arterial y menos probabilidad de desarrollar hipertensión.

 

Ingesta de fibra

La ingesta dietética de frutas y hortalizas se asocia con menor incidencia de hipertensión, lo que en parte es consecuencia del contenido en fibra de estos alimentos. La alimentación con alto contenido en fibra disminuye la absorción intestinal de grasas, lo que reduce la probabilidad de obesidad e hipertensión. Además, la fibra dietética cambia la flora intestinal por gérmenes más saludables, lo cual conduce a un mejor estado metabólico y a una menor presión arterial.

 

Ingesta de alcohol

Desde hace mucho tiempo se conoce la relación directa que existe entre el consumo de alcohol y la presión arterial, lo que ha sido corroborado en múltiples estudios más recientes. Las personas que beben bebidas alcohólicas de forma habitual tienen mayor nivel de presión arterial y mayor probabilidad de desarrollar hipertensión. El alcoholismo es una causa relativamente frecuente de hipertensión, sobre todo en hombres. Los bebedores que abandonan el consumo de alcohol pueden normalizar su presión arterial. Las personas abstemias tienen menor incidencia de hipertensión.

 

Consumo de pescado

Se ha observado que la dieta rica en pescado se asocia a menor presión arterial y menor prevalencia de hipertensión. En el mismo sentido, el consumo de ácidos grasos omega-3 provenientes del pescado también se asocia con menor presión arterial. Las personas hipertensas que siguen una alimentación rica en pescado o consumen cápsulas de aceite de pescado presentan menor presión arterial y tienen menos necesidad de medicación antihipertensiva.

 

Consumo de ajo

Diversos estudios han demostrado que el consumo de ajo o de preparaciones de ajo permite reducir la presión arterial y ayuda al control de la hipertensión. Los preparados comerciales de ajo reducen la presión arterial de forma significativa, con escasos y mínimos efectos secundarios. El efecto hipotensor del ajo parece ser debido, principalmente, a su contenido en alicina, la cual actúa por diferentes mecanismos similares a los de los fármacos antihipertensivos.

Las dosis y el tipo de preparados de ajo utilizados en los ensayos han sido variables. En la mayoría de los ensayos se utilizó polvo de ajo a dosis de 600-2.400 mg / día, proporcionando 3,6-13,6 mg de alicina. El consumo de ajo crudo permite también conseguir estas dosis, ya que un diente de ajo de unos 2 gramos contiene de 5 a 9 mg de alicina. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que el ajo cocinado o calentado pierde parte de su contenido en alicina y, por lo tanto, su efecto hipotensor.

 

La flora intestinal

Diversos estudios han demostrado que la microflora intestinal juega un papel esencial en el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares, a través de la metabolización de diferentes componentes de la alimentación. Se ha observado que algunos productos liberados a la sangre desde la flora intestinal tienen propiedades preventivas frente al aumento de la presión arterial y el desarrollo de enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, algunos gérmenes encontrados en el intestino pueden producir productos metabólicos que tienen el efecto contrario, aumentando la presión arterial y favoreciendo la ateromatosis.

Estos hallazgos sugieren una intrincada y predecible correlación entre la hipertensión y la microbiota intestinal. Los análisis de muestras fecales han demostrado un papel causal de la microbiota intestinal aberrante en la patogénesis de la hipertensión, y parece que la intervención temprana sobre esta flora podría prevenir la hipertensión. Hay estudios que sugieren que la hipertensión asociada a la apnea del sueño podría ser consecuencia de los cambios negativos en la microbiota intestinal.

La alimentación humana ha cambiado mucho desde la prehistoria y esto se ha asociado con la enfermedad cardiovascular. Algunos alimentos modernos pueden ser metabolizados por la flora intestinal normal y dar lugar a productos que aumentan la presión arterial. Además, esos alimentos favorecen el cambio de los gérmenes intestinales, desarrollándose una flora que produce metabolitos negativos para la salud cardiovascular. De ahí que el regreso a la dieta saludable pueda conseguir la normalización de la microbiota intestinal y de la presión arterial.

 

La obesidad

Múltiples estudios de investigación han identificado una llamativa relación entre el peso corporal y la presión arterial. Existe una clara relación directa entre el sobrepeso – obesidad y la hipertensión. La relación entre el índice de masa corporal y la presión arterial es continua y casi lineal, sin evidencia de un umbral, es decir, que a medida que aumenta el primero va elevándose paralelamente la segunda. Esta relación con la presión arterial es más fuerte con la obesidad abdominal y la obesidad troncular.

Ciertos estudios sugieren que la obesidad puede ser la responsable del 40% de los casos de hipertensión, y en alguno de ellos se ha encontrado en un 65% – 78%. Se ha observado que los niños obesos tienen alto riesgo de hipertensión en la edad adulta, pero pueden normalizar este riesgo si antes consiguen un peso corporal ideal. Sin embargo, si continúan obesos o adquieren la obesidad de adultos, la probabilidad de hipertensión arterial es elevada.

 

El estrés

Está demostrado que el estrés mental agudo cursa con aumento de la frecuencia cardiaca y la presión arterial. Las crisis de ansiedad pueden dar lugar a un ascenso importante de la presión arterial. Incluso, en algunas personas se produce hipertensión cuando realizan pruebas o exámenes, como puede ser en oposiciones o para obtener la licencia de conducir. En estas situaciones se secretan hormonas, sobre todo adrenalina, que elevan la presión arterial. No es raro encontrar pacientes que acuden a los servicios de urgencias con crisis hipertensiva debido a ansiedad y es frecuente que se controlen con la administración de un ansiolítico.

Diversos estudios han demostrado que el estrés psicológico crónico puede ser causa de hipertensión arterial. Las personas que presentan mayor reactividad cardiovascular al estrés agudo, con mayor nivel de presión arterial, son más propensas a desarrollar hipertensión arterial en el futuro. Cada vez más personas en el mundo experimentan ansiedad, depresión, crónica y estrés psicosocial provocados por el estilo de vida actual, los cambios culturales y socioeconómicos, y la tensión en el trabajo. Se sabe que todo esto aumenta la presión arterial y es causa de hipertensión.

 

El sedentarismo

Diferentes estudios epidemiológicos han demostrado una relación inversa entre la actividad física y el nivel de presión arterial. Las personas que practican ejercicio físico habitualmente tienen menor presión basal en reposo, incluso con la actividad física ligera. La práctica regular de ejercicio físico se asocia a un menor riesgo de desarrollar hipertensión.

La incidencia de hipertensión arterial es mayor en las personas sedentarias. En varios estudios se ha observado que la relación entre la actividad física y la presión arterial es más aparente en hombres blancos. Por otro lado, el ejercicio físico atenúa la subida de la presión arterial que suele ocurrir al avanzar la edad y reduce la probabilidad de desarrollar hipertensión en las personas mayores. La actividad física disminuye la tasa de aumento de la presión arterial a lo largo del tiempo y retrasa el momento de inicio de la hipertensión arterial.

 

La base del problema

Muchos médicos indican medicación antihipertensiva ante el primer diagnóstico de hipertensión arterial. Es raro que intenten indagar sobre la raíz del problema, es decir, las causas de la hipertensión. Sin embargo, se sabe que más del 30% de los pacientes tratados con medicamentos antihipertensivos no están bien controlados de la presión arterial. Además, hay un 2% de pacientes que presentan hipertensión arterial refractaria, es decir, que no responden a la medicación actualmente existente. Por último, algunos pacientes no toleran la medicación antihipertensiva debido a sus efectos secundarios.

Está claro que la base del problema está en las causas de la hipertensión arterial. Los medicamentos no actúan sobre estas causas, sino que únicamente disminuyen la presión arterial. Las causas de la hipertensión que hoy conocemos radican en el tipo o estilo de vida del hombre actual. Sí esto no se modifica, los factores de riesgo continúan existiendo y el paciente tendrá complicaciones cardiovasculares, aunque la presión se logre controlar con la medicación. Los cambios en el estilo de vida deben ser la base del tratamiento de la hipertensión arterial e, incluso, pueden ser suficientes para el control de la hipertensión en algunos pacientes. En los que no se consigue el control, será necesario administrar fármacos antihipertensivos, pero seguro que en menor cantidad si se siguen estrictamente las medidas no farmacológicas.

 

El tratamiento natural de la hipertensión arterial

La guía sobre hipertensión arterial de 2017 de la Asociación Americana del Corazón recomienda como intervenciones antihipertensivas no farmacológicas mejor probadas las siguientes:

1. Perder peso y grasa corporal. El mejor objetivo es conseguir un peso corporal ideal, pero por lo menos reducir significativamente el peso corporal en los adultos que tienen sobrepeso u obesidad. Se espera alrededor de 1 mm Hg de reducción de la presión arterial por cada 1 kg de reducción de peso corporal. Lo más frecuente es conseguir sobre 5 mm Hg de reducción de la presión arterial en los hipertensos que pierden peso significativamente.

2. Seguir una dieta saludable. Consumir una dieta rica en frutas, verduras, granos enteros y lácteos bajos en grasa, y reducir el contenido de grasas saturadas, permite reducir la presión arterial hasta en 11 mm Hg.

3. Reducir el consumo de sodio. Un objetivo óptimo es consumir menos de 1.500 mg al día, pero sería ideal que fuera de menos de 1.000 mg al día en la mayoría de los adultos, con lo que se puede conseguir una reducción de 5-6 mm Hg de la presión arterial.

4. Aumentar la ingesta de potasio. La meta debe ser consumir 3.500–5.000 mg al día, preferiblemente mediante una dieta rica en potasio, con lo que se puede conseguir una reducción de 4-5 mm Hg de la presión arterial.

5. Practicar ejercicio físico. El deporte aeróbico o dinámico durante 90 a 150 minutos a la semana, con una carga del 50% al 80% de la frecuencia cardiaca máxima, puede conseguir reducir la presión arterial hasta en 8 mm Hg. El esfuerzo isométrico en fases de 4 ejercicios de 2 minutos, con un minuto de descanso entre ellos, a un 30 % – 40% de la contracción voluntaria máxima, en 3 sesiones a la semana, permite reducir la presión arterial hasta en 5 mm Hg.

6. Reducir la ingesta de alcohol. Se recomienda no consumir alcohol, pero si se hace, no más de 2 bebidas al día, de vino o cerveza, pero no licores ni aguardientes, con lo que se consigue reducir la presión arterial hasta en 4 mm Hg.

Otras medidas naturales que pueden ser útiles en el control de la presión arterial son:

Completar la dieta saludable. Además de la dieta rica en frutas, verduras, granos enteros y potasio, y baja en grasas saturadas y sal, es recomendable consumir alimentos ricos en calcio, magnesio, proteínas, fibra, pescado y ajo crudo, y evitar los azúcares refinados, como los dulces, bollería, pasteles y bebidas azucaradas.

Reducir el estrés psicológico. Todos estamos expuestos a relaciones personales, familiares y laborales que pueden generar estrés psicológico. Hay que intentar evitar los conflictos y, si no es posible, se puede mitigar el estrés sabiendo relajarse y tranquilarse ante los problemas de la vida. Los métodos de relajación, tales como la meditación y el yoga, ayudan a conseguirlo y a controlar la presión arterial.

Normalizar la flora intestinal. Con los gérmenes intestinales adecuados, no solo se consigue una mejor digestión, sino también la prevención de la hipertensión arterial y las enfermedades cardiovasculares. La flora intestinal puede normalizarse consumiendo solo alimentos naturales, sobre todo de origen vegetal. También puede servir de ayuda el consumo de probióticos.